Me Rehuso a Ser la Misma Persona que Fui hasta Antes de Entrar al Caracol


Crónica decalada del Festival de Mujeres que Luchan en Caracol Zapatista

Texto y fotografías de Claudia Molinari

marzo de 2018

México

Me rehuso a ser la misma persona que fui

hasta antes de entrar

al Caracol.

¡¿Quién puede permanecer identicx a su egoísmo después de mirarse en ese espejo??!

¿Será la espeja zapatista un reflejo mágico en el tiempo histórico, que desintegra mi narcis@ y nos incita a crear muchosversos en vez de un solo universo??

Los días 8, 9 y 10 de marzo de este año 2018, más de cinco mil mujeres de montón de lugares de México y el mundo fueron bienvenidas al Caracol Zapatista de Morelia (Chiapas), para celebrar junto con unas dos mil mujeres zapatistas, el Primer Encuentro Internacional Político, Artístico, Deportivo y Cultural de Mujeres que Luchan.

Agradecimiento

Las palabras nunca dicen lo que se siente. No hemos inventado aun los signos que dan cuenta de la naturaleza de l@s zapatistas. Con toda su generosidad, la sabiduría, la bondad y la disciplina de las mujeres zapatistas que nos albergaron y nos dieron cobijo y escenario para el ritual masivo de las hembras rebeldes que somos y que ponemos en escena. Mi respeto y reconocimiento a su organización y gracias por tan auténtica y hermosa hospitalidad.

Las Mujeres

En la entrada al Caracol de Morelia, los organizadores habían colocado

una larga y colorida manta con la leyenda: Prohibido entrar hombres.

Tómala!

En cambio, las mujeres entraron todas. TODAS las que quisieron entrar, aun sin estar previamente registradas por vía e mail. Todas las que llegaron entraron al contramundo, o al menos a una antesala del mismo, habitado y construido por los indígenas del EZLN en ya varias décadas de practicar su autonomíA.

Todas entramos tras larga fila de viajeras en las puertas del Caracol, para registrarse y obtener el preciado salvoconducto de un gafete rojo con tu nombre y un cachito de masquinteip, con una clave escrita a mano del tipo Z 433, que según era para identificar equipajes y mochilas. Adentro te esperaba un lugarcito entre miles para dormir en tu eslipin sobre tablas dentro de los salones o templetes, o en una de las cientos de tiendas de campaña que fueron brotando al paso de las horas, hasta cubrir de colores plásticos las colinitas de ese sui generis centro de convenciones en las montañas del sureste mexicano.

La madrugada de nuestra partida, terminado el Encuentro, un miliciano zapatista en la guardia de la puerta, me comentó que ellos esperaban que a su festival llegaran tantas mujeres como caben en 12 camiones. Sin embargo, llegaron 50 camiones con mujeres!! Dato que da cuenta de la capacidad de convocatoria de las compas zapatistas y de su carisma, que produjo un efecto parecido a la moda; la moda contagiada al instante a cientos de mujeres, por feish, o de boca en boca en las pasarelas de San Cristóbal de Las Casas, la moda de ir a la celebración de tremendo encuentro de mujeres insurrectas.

Un Festival que resultó todo un éxito y que dejó una huella en cientos de mujeres que en ese especial lugar aprendieron de vida y comunión y que radicalizaron su pensamiento y se llevaron dentro la luz de velitas, luz recién nacida, que nos regalaron la primera noche, las compañeras zapatistas.

Cinco mil mujeres habitaron por 3 días el centro del Caracol Zapatista. Los anfitriones se la vieron ruda. Pero decidieron que recibirían a TODAS. Que no solo llegaron las de camión, en camionetas, colectivos, raites y de aventura. Más de mil kilómetros desde la ciudad de México, hasta el municipio de Altamirano, en Chiapas, multitud de mujeres y algunos hombres, que al no permitírseles la entrada, acamparon afuera en la orilla de la clínica, donde vi algunos cuidando los bebés.

Adentro se instalaron brujas, locas, lesbianas, poetas, magas, madres, aprendices, profesoras, doctoras y gigantas, que abrieron en ese espiralado hogar de los zapatistas en las montañas de Chiapas, una puerta, mil ventanas a las estrellas, a la utopía de otra munda es posible.

Estoy segura que cuando al fin terminó el festival y nos fuimos en esos 50 camiones en los que tres días antes tercamente llegamos, los zapatistas, y aun más las zapatistas, deben haber respirado aliviadas y felices. A pesar de la sobrepoblación femenina, todo salió excelente!

Adentro

Un trazo de color rojo lleva a mi guarida. Tengo una flor por hija, mi voz se dulcifica ante el ejemplo rotundo de amor maternal de las mujeres zapatistas, yo soy su hija, mis madres quieren saber qué se siente ser xinán, pero se entretienen mucho más haciendo películas y registros de las presentaciones de las mujeres del mundo.

El último día, las viajeras más conscientes organizaron brigadas para dejar limpio el Caracol y grupos de voluntarias limpiaron baños, cocinaron, levantaron basura. Se llama reciprocidad. Nos sonreímos.

Cuerpos que se abrazan, brazos que se levantan y alzan el sol. Hay que hacer largas filas para ir al baño. Sol que ilumina la luna. Fila para comprar un cafecito, un cajete de frijoles recién cocidos. Luna que también está sangrando, tan roja, tan enorme, suspendida en su órbita frente a los montes que la esperan en su eterna caída hacia su verde traslúcido de tierra. Es Chiapas!

No puedo dormir en el Caracol, tengo frio de noche, a mi me tocó en el Comedor 1, que de día se convierte en salón de talleres. Alrededor, muy cerca, duermen unas 200 mujeres más. Mi pensamiento va galopante, parece sobre excitado, buscando otra vez las palabras para nombrar mi asombro por su hospitalidad que no pregunta, que no cuestiona. No logro desconectarme preguntándome más de una vez, Yo qué hago aquí?? Y si no DÓNDE?? Fue un encuentro determinante del que se hablará durante mucho tiempo en el futuro.

¿Cómo podría volver a la ciudad y seguir siendo la misma? Hay espejos en los que cuando te miras, te reflejas y contemplas tu metamorfosis. Así me parece que sucedió en Morelia Torbellino de Nuestras Palabras, que me miré en el espejo de las que luchan por la vida dando la vida. No puedo sino volverme a nacer acalorada, húmeda, callada, cortando gustosa el lazo del miedo y la pequeñez. La vida que no lleva nombre propio, ni oficio, ni billetera en el cuerpo desnudo, desnuda voz de las que luchan mientras desgranan el maíz de los tiempos.

Más allá del Festival como lugar de encuentro, comunión y exposición de saberes, causas y artes, el acontecimiento fue la estancia en si misma, de miles de mujeres de más de 40 países en territorio zapatista. Madres de los estudiantes desaparecidos, madres de las hijas asesinadas, presas, violadas, perseguidas, viudas, brujas quemadas en la hoguera, trabajadoras golpeadas por sus patrones, princesas prófugas sin zapatos, antihombres sin ropa, víctimas de la guerra legalizada, mapuches del fin del mundo, poetas que son poetos, bailarinas sobre las que no aplica la ley de gravedad, maestras de corazón de raíz, lesbianas en la batucada, discapacitadas con alas transparentes, teatreras del dolor, sobrevivientes del genocidio, amigas de Bertha Cáceres, de Martha Jean Claude, amigas de sus hijos, muchachas en flor buscando el rocío de un cielo exoplanetario, chavas de la ENAH, chavas de Filos, una muchacha palestina con su traje musulmán. Estaban también algunas concejalas del Concejo Indígena de Gobierno, con sus vestidos

preciosos y su porte de matronas, una indígena de Dakota, altísima y en su nube, chamanas del nuevo siglo, el saludo en la voz a las viajeras

kurdas que no pudieron llegar a Morelia, pues al aterrizar su avión en la ciudad de México, fueron detenidas y deportadas.

Y estaban también algunas cuantas hermosas guerreras, como Aracely, la mamá de Lesby, o la mamá del estudiante de Ayotzinapa, o Betina, o Mercedes Olivera o la comandanta Miriam, o Claudia Torres, o la insurgenta Erica, o Magdalena García Durán o Marichuy. Estaban mujeres tejedoras de Guatemala, que se visten con blusas que son libros y cuentan una historia con hilos de color.

Y entre otras tantas desconocidas gigantes que no hay libro que las aguante, estuvieron también, seguro que si, las mujeres espíos, las mujeres infiltrados. Que no entendieron nada y solo salieron choqueadas del interior curvo y un poco rasposo del Caracol Zapatista. Y del brazo anduvieron por ahí también algunas gringas con braunis, colombianos con cámara dron, españolas en la playa y periodistas descanchadas. Tal vez los sistemas y los directorios ya lo sepan todo de nosotras, ya nos tomaron foto y video; dalo por hecho que ya estamos en sus registros de peligrosidad, clasificadas como locas, pero, aun y con todo, ahí, sobre territorio libertado: florecimos, brotamos celestes y contentas, las viajeras y las zapatistas; logramos producir y participar de tan importante Encuentro, quizá el último de la era. Un festival feminista del que se dirá que se escuchó la batucada entre los cerros, que sonó al grito único y estelar de las miles de voces coreando al ritmo de los tambores: NO TENEMOS MIEDO!! y por un momentito cúspide, una lesbocracia esbozó su canción.

Ellas nos preguntan: Vamos a seguir permitiendo que el capitalismo nos siga tratando a las mujeres como mercancía? Vamos a esperar que alguien nos venga a salvar?? No tenemos miedo!

La Clausura

Luego vino la clausura que estuvo a cargo de la comandanta Miriam. Las anfitrionas estaban exhaustas pero felices. El cierre fue muy emotivo, correctamente ejecutado por todos los organizadores. Un simbólico ritual de intercambio de regalos tuvo lugar sobre el templete principal. Imantadas por la dignidad de las zapatistas, muchas americanas se nombraron representantes de naciones indias en los Estados Unidos. En su discurso de clausura, las mujeres zapatistas despidieron a las viajeras, a las que les pidieron que llevaran la lucesita regalada, a todas aquellas mujeres que la necesitan y que guardaran el fuego hasta que llegara el momento de incendiar el sistema capitalista. Dijeron también que aunque quizá no las comprendían del todo a todas, y aunque algunas de las viajeras no estaban contra el capitalismo patriarcal, las recibieron y les dieron escucha y espacio de expresión. La multitud de voces de las mujeres que presenció la ceremonia gritaba una sola palabra GRACIAS! GRACIAS!

El acuerdo fue mantenernos vivas. Vivas para luchar por la vida. Porque Vivir es Luchar. Ahora hay que hacernos preguntas, cambiar de piel, imaginar todo lo que precisamos hacer para mantener encendida la hoguera y sembrar a nuestro modo las semillitas zapatistas.

Cuando se dio por clausurado el Festival, la noche del 10 de marzo del 2018,  la maestra de ceremonias, detrás de su pasamontañas dijo con gusto al micrófono: Ahora ya pueden entrar los hombres. Un sueño se cerró así como en el cine adviene un oscuro total, se cierra la imagen y se guarda con profundo trazo en la imaginación. Imaginación que no tardará en florear y producir maravillas en cada rincón, en cada mundo y lugar donde habitan las viajeras.

Nos fuimos y comenzó SU fiesta, la fiesta íntima zapatista. Con los hombres y los niños como invitados de honor. Ya sonaba desde la noche anterior la música de banda del pueblo maya. En ese contramundo Ellas no son sin Ellos, ni tampoco al revés. Luego luego comenzó el baile de parejitas y la cancha de futbol-Círculo de ritual volvió a ser su pista preferida. Adiós a la burbuja de contrapoder!! Ahora a emprender el largo camino para volver a casa! La música se fue quedando atrás. Cuando amaneció ya estábamos sobre la carretera. Gracias a Mujeres y La Sexta, que organizó a partir de puro trabajo solidario de decenas de personas, el viaje al Caracol de Morelia y logró llevar y regresar con bien, no sin muchísimos obstáculos en el camino, a 500 mujeres que se dieron cita en Punto la Gozadera, en el centro histórico de la cd. de México, para emprender la gran aventura que fue el viaje en Caravana hacia ese ombligo de la humanidad, ese centro universal del pensamiento crítico, ejemplo de valor, amor y autogobierno, que es el país zapatista.

GRACIAS a la Vida Y qué vivan lAs mujeres y las ZapatistAs!!!