Un premio por “romper el silencio” sobre Dení Prieto


deni El Club de Periodistas de México otorgó el Premio Nacional de Periodismo a la reportera Beatriz Zalce y a la revista electrónica Desinformémonos, por una entrevista que contiene “un testimonio emotivo y esclarecedor, lleno de interés humano, de una época que se ha querido olvidar”.

Ciudad de México. El nombre de la exguerrillera Dení Prieto Stock se escuchó hoy en el Premio Nacional de Periodismo de la mano del trabajo de Beatriz Zalce, periodista de Desinformémonos y ganadora del galardón por su entrevista “Dení Prieto, una semilla del EZLN”, publicada el 13 de mayo de 2012 en la sección cultural de esta revista electrónica. El reconocimiento a esta historia significa  “romper ese silencio malimpuesto”, señala Zalce, además de “un compromiso, una toma de conciencia de lo que puede y debe uno hacer”.

El trabajo, que muestra un profundo conocimiento y empatía con la historia de María Luisa –el nombre en la clandestinidad de Dení, integrante de las Fuerzas de Liberación Nacional- parte de una entrevista colectiva a Ayari Prieto, hermana de Dení; y a Luisa Riley, directora del documental “Flor en Otomí”, sobre la vida de la joven mujer revolucionaria.   Leer texto completo aquí

………….

Flor en Otomí, documental de Luisa Riley

Dení Prieto, una semilla del EZLN

Ayari_Riley Ayari Prieto, hermana de Dení, recupera en una intensa entrevista colectiva pasajes y destellos de su vida juntas. Luisa Riley, directora del documental Flor en Otomí, desea que la película “contribuya a una recuperación social y moral, porque la represión nunca es un accidente ni un error”.

Texto: Beatriz Zalce
Fotografía: Heriberto Rodríguez
 
 
México, DF. Rompen el silencio. Por fin, después de 38 años la hermana, la prima, la amiga, el novio, el tío, los vecinos: hablan, dicen, comparten, reflexionan, denuncian; y Luisa Riley recoge sus voces, sus recuerdos, sus pedazos de vida y los junta: discreta, amorosa, eficaz, en el documental Flor en otomí.
 
Dení significa flor en otomí. Desde hace 38 años, desde aquel 14 de febrero de 1974 Dení Prieto Stock sigue teniendo 19 años de edad. Su rostro se conserva intacto en las fotografías que muestran a una niña que amaba los perros; que salía de la regadera con su gorrito de baño empapado, envuelta en una toalla; una niña muy hermana de su hermana Ayari, apenas mayor que ella y, por eso mismo, amiga y cómplice, con quien jugaba a crear mundos de plastilina donde había ricos y pobres. Éstos provocaban compasión en Ayari, en cambio, a Dení le enojaba, y mucho, que hubiera injusticias y desigualdades.

Las dos leían en voz alta El Cuervo de Edgar Allan Poe. Eran ávidas lectoras porque eran hijas del dramaturgo Carlos Prieto Argüelles, mexicano, y de Evelyn Stock, neoyorquina de origen ruso-judío.

Eran seguidoras de Rius y disfrutaban a Mafalda. Leían a los clásicos, amén de poesía y literatura latinoamericana. Durante la entrevista que se volvió charla, Ayari hace mención especial de Manuel Scorza y su Redoble por rancas y Garabombo el invisible. Las jóvenes Prieto Stock leían mucha literatura inglesa porque eran bilingües; su madre había aprendido de los Stock el gusto por la lectura. Ayari así lo explica: “Llegaron de Rusia sin nada, el entretenimiento fueron los libros. Eran sus paseos”.

Cuando niñas, en el mes de noviembre, mi papá compraba El Universal, porque era el periódico que publicaba la mayor cantidad de anuncios de casas y departamentos para rentar. Nos mudábamos cada año, en enero. Era una locura. Mis padres no tenían propiedades, ni casa, ni coche. Nosotras, -se refiere a ella y a Dení- cambiábamos mucho de escuela; cambiábamos de barrio y esa es una de las razones que no están tan claramente descritas en el documental, por las que estábamos obligadas a ser la una para la otra, en una relación que iba más allá del hecho que éramos hermanas. En primer lugar, vivíamos en un mundo raro, y en segundo, no había muchos amigos cuando éramos niñas.”

 Dení, como toda revolucionaria, amaba la vida; por eso oía música, canciones de protesta (a Judith Reyes, a Oscar Chávez, a Atahualpa Yupanqui y Mercedes Sosa) pero también le gustaba Janis Joplin, los Doors, Santana, Jethro Tull y Jefferson Airplane, sin descartar a Joan Baez.

Pero no quiero confesar que le gustaba Donovan” –dice Ayari Prieto en una conversación en que hará honor a su nombre, que significa Corazón en huichol-. Ayari tiene la sensibilidad a flor de piel, las lágrimas desbordadas, la alegría que da recordar, ella también siente y vive con el imperativo moral de analizar lo ocurrido. Es intensa, intensamente intensa.

Durante el documental, Luisa nos filmó a mi prima Laura y a mí cantando A donde se han ido todas las flores. Es una canción que cantábamos con Dení. Esa canción resulta desgarradora después de la muerte de Dení, como muchas otras cosas, palabras que eran parte de nuestra vida y que se hicieron realidad. Esa canción pregunta a dónde fueron todas las flores. Las cortan las niñas y las niñas se las dan a los soldados, los soldados terminan en las tumbas y sobre las tumbas crecen las flores que cortan las niñas.”

-¿Cómo regresar a los libros, cómo volver a oír canciones, cómo seguir viviendo?

Ayari se estremece, los ojos se le llenan de lágrimas: “Los libros son una parte muy importante de mi vida y encuentro referencias todo el tiempo. La música me alegra y a veces me duele mucho. Sigue vivo el recuerdo en los libros y en la música, y en el exilio se agrava el recuerdo. El pasado se vuelve más vívido, no pasa. Lo interrumpí hace 22 años cuando me fui, y el México que vivo es necesariamente el México que dejé. En ese sentido el luto se queda congelado en el tiempo.”

Flor en otomí cuenta la historia de una joven que vivió y murió por la patria. Junta la historia del país, del florido y espinudo México setentero, con la de Dení y la organización guerrillera Fuerzas de Liberación Nacional, en cuya bandera ondea una estrella roja de cinco puntas que floreció en el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994.

Durante la entrevista, en la que participaron también el fotógrafo Heriberto Rodríguez y el columnista de El Sol de México, Juan Amael Vizzuett, Luisa Riley le entra al quite. Recuerda que en una función -durante el festival Contra el silencio, todas las voces– había más o menos 250 personas haciendo cola para entrar y el 90 por ciento eran jóvenes. La realizadora de documentales sobre Alberto Gironella, Juan José Gurrola y Paco Ignacio Taibo I sostiene que a los jóvenes sí les interesa la historia, sí quieren saber más de lo que ocurrió hace 38 años, aunque no necesariamente están a favor de la lucha armada. “Entienden que en Dení se juntaron las muy definidas convicciones familiares (no había coca-cola en casa porque eran las aguas negras del imperialismo yanqui y, por supuesto, no se comían papas fritas, ni había televisión) con la situación social, que la Revolución Cubana la marcó, que el movimiento estudiantil del 68 la definió y que estaba al tanto de la guerra en Vietnam y de los Tupamaros en Uruguay; sin embargo, fue el golpe de estado al presidente-compañero Salvador Allende lo que la decidió a pasar a la lucha clandestina en las Fuerzas de Liberación Nacional, organización que no recurrió al robo ni al secuestro para hacerse de recursos económicos y que mostraba, en sus documentos, un profundo estudio de la historia de México”.

Dení tenía carácter y tenía compromiso, imperativo moral, le decían entonces. Hoy la reconoceríamos como indignada. Por su parte, Ayari tiene todas las heridas de quien sobrevive, pero se indigna cuando ponen en duda la integridad moral de los sobrevivientes de Nepantla: Elisa Benavides, a quien quiere como a una hermana, y a Raúl Sergio, el esposo revolucionario de Dení, por lo tanto su cuñado.

Me han preguntado si valió la pena. Mi primera reacción fue decir ¡No! Nada vale la pena que se muera mi hermana a los 19 años. Pero es tan personal. Es una cosa íntima y subjetiva. Y claro que valió la pena. Siempre va a valer la pena: esa integridad, esa valentía y esa contribución al cambio. Pero para mí: mejor que hubiera vivido Dení. La cargo con orgullo, con mucho orgullo. Ahora que hablo más que cuando estaba en silencio”.

En el documental, la voz de Dení proviene de unas cartas que le escribió a su prima Laura. Los archivos fotográficos familiares se abrieron. Cada quien tenía un pedacito de historia que contar. Riley habló largamente con la historiadora Adela Cedillo, especialista en las guerrillas en México; consultó además los documentos resguardados en el Archivo General de la Nación. Entrevistó a Ayari, al escritor, antropólogo y abogado Luis Prieto, a Elisa Benavides; con ellos reconstruye lo ocurrido en Nepantla aquel 14 de febrero de 1974. Habló con los vecinos y los ayudó a romper su silencio: ellos sabían, ellos simpatizaban con los muchachos que decían tener un criadero de conejos, ellos quisieron defenderlos del ataque militar pero fueron amenazados de muerte por el ejército.

A Luisa Riley la investigación le llevó cerca de dos años, más año y medio de edición, más la revisión de la edición con el realizador de Corazón del Tiempo, Alberto Cortés. Luisa aspira a que Flor en otomí contribuya a una recuperación social y moral, porque la represión nunca es un accidente ni un error. Para Ayari, quien se exiló en Inglaterra desde hace 22 años, hablar le ayuda a llevar mejor su duelo, a sentirse orgullosa y más serena.

Heriberto Rodríguez, entre toma y toma, asiente y comenta su experiencia al entrevistar en un campamento a una sobreviviente de la guerra en El Salvador: “La señora hablaba por primera vez, y justo cuando empieza a recordar cómo cayó en un hoyo, cómo presenció el asesinato de los suyos, y de inmediato se levantó a abrazar a su hijita que estaba jugando. Tengo esas fotos de ese momento. Fue muy fuerte”.

En otra ocasión, en la época del desafuero a López Obrador, llegó gente de muchos lugares, y un día entrevistamos a un señor, a un campesino de Michoacán. Cuando empezamos a preguntarle qué pensaba del desafuero sacó su libreta donde tenía escrito un análisis histórico, un análisis político que él había elaborado sobre el momento, con su contexto, y nos remitía a la lucha cristera. Y era un señor sencillo, con su cuaderno todo doblado.”

Por su parte, Amael Vizzuett recordó a Saint Exupery, el autor de El Principito, en “Vuelo Nocturno”: “Es la historia de un jefe de línea que tiene que mandar a sus pilotos, en condiciones muy difíciles, a volar. Sabe que a veces los manda a jugarse la vida y en sus reflexiones dice: cuando se construye un puente que le va a ahorrar tiempo a los campesinos y muere una persona en la construcción, cualquier campesino dirá: hubiera preferido seguir perdiendo el tiempo y dar la vuelta con tal de que este hombre siguiera viviendo. Y sin embargo, siempre nos comportamos como si hubiera algo más valioso que la vida humana, aunque consideramos que lo más valioso es la vida humana”.

La vida humana es el valor máximo que tenemos, pero ese valor máximo se puede empeñar a favor de algo que lo trascienda, y es lo que hacen los revolucionarios. ¿Por qué arriesgar la vida si no vamos a ver los frutos, si los familiares no van a ver los frutos? Para que otros los puedan ver, como otros lo hicieron con anterioridad a nosotros.”

El destino de Flor en otomí, como documental, es encontrar su nicho, mostrarse en diferentes sitios, en casas de cultura, en festivales. Irá lo mismo a Nepantla que a Oaxaca o a Boston, a Chiapas, que Nottingham, en Inglaterra.

Ligas

Trailer del documental

Flor en Otomi en la Jornada

deni prieto

 Dení Prieto