SER MUJER de Raquel Gutiérrez Aguilar


Prólogo (fragmento):”El libro que el lector tiene en sus manos fue escrito y publicado en 1995, mientras discurría mi tercer año de prisión en la Cárcel de Mujeres de Obrajes en La Paz, Bolivia… Entre 1984 y 1992 milité en Bolivia… Durante casi nueve años viví en la clandestinidad, impulsando un esfuerzo político-militar principalmente aymara que operó en el altiplano bolivariano con el nombre de Ejército Guerrillero Tupak Katari(EGTK). Estuve, después de ello, cinco años presa, sin juicio y sin sentencia en la Cárcel de Obrajes.”

SER MUJER


Raquel Gutiérrez Aguilar

Hay en toda esta reflexión una vertiente de lucha, una experiencia asumida y a veces reprimida que considero importante exponer: mi ser mujer en relación a la práctica revolucionaria.

El modo como a mí me ha tocado vivir este rasgo fundamental de mi propia identidad, ha supuesto dos formas diferentes de entenderlo y asumirlo. Una primera, más académica y sólo parcialmente práctica, y ahora, una segunda forma, más integral, rica, también teórica, pero esencialmente práctica.

En México, casi desde el comienzo de mi formación política se me presentaron diversas relaciones con organizaciones de mujeres vinculadas al quehacer revolucionario. En particular, conocí un poco la Asociación de Mujeres de El Salvador (AMES), que también tenía una representación y algunas actividades en el exilio. Sin mucha claridad, sentía por lo general un difuso descontento cuando veía el modo como los compañeros varones consideraban y trataban a las compañeras organizadas, casi siempre reduciéndolas a un extraño papel de “apoyo”, considerándolas, por lo general, en funciones que esencialmente reproducían los “roles” tradicionalmente asignados a nosotras bajo el capitalismo.

Si habían organizado, por ejemplo, entre salvadoreños que vivían en México, una acción de propaganda, un acto de difusión de la lucha revolucionaria, los organizadores eran ellos y a AMES se la invitaba a preparar y vender comida típica en la puerta. Incluso en los propios discursos, si se reivindicaba y exaltaba la “abnegada participación de las mujeres en la guerra revolucionaria”, se lo hacía partiendo de una suposición incomprensible.

Si la lucha que se estaba desarrollando era la lucha de todo el pueblo salvadoreño contra la explotación y la opresión, ¿por qué ponderar la participación de la lucha de una parte de los seres humanos involucrados en la acción? Pareciera como si la lucha fuera de los salvadoreños (excluyente) contra la dictadura, de tal modo que había que “saludar” y “valorar” la incorporación de grupos de mujeres a la lucha de los otros. ¿No se iba poco a poco levantando la lucha, la rebelión de la humanidad oprimida contra todas las abyecciones existentes?, ¿no sucedía que en ese desarrollo todos y todas contribuían con sus acciones a la obra común de conseguir la liberación nacional y el socialismo?, ¿no se consideraba así la participación de los trabajadores, los campesinos, los pobladores de barrios marginales, etcétera?, ¿por qué a “las mujeres” se les consideraba, en tanto contingente, de un modo diferente?

Había mucha participación femenina en todas las organizaciones, en las de masas —que eran muchísimas—, y en las mismas FPL, hasta donde logré conocer. ¿Por qué, sin embargo, parecía muy frecuentemente haber rivalidades?, ¿por qué las mujeres además de participar en todas las actividades, tenían un frente aparte?, ¿por qué no todos participaban de él y por qué a las mejores se las trasladaba una vez formadas a otras instancias organizativas?

En fin, había muchas dudas y preguntas que no lograba plantearme de manera explícita, cuanto empecé a discutir con P. Con ella forjé mis primeras armas teóricas sobre estos problemas. Simplificando mucho por la fragilidad de los recuerdos, planteábamos más o menos así las cosas: la lucha revolucionaria por transformar radicalmente las condiciones sociales de existencia, tiene que incluir desde el momento en que se inicia y a lo largo de su despliegue, la lucha de las mujeres por su propia emancipación, por superar la opresión patriarcal específica a que somos sometidas por el régimen del capital, y no sólo por él sino al menos, por todos los regímenes sociales de clase que le han precedido.

Si transigimos con la afirmación de que, por ahora, todos y todas tenemos que dar la lucha contra el enemigo común, el Estado burgués, y aceptamos que la emancipación de las mujeres es algo que habrá de buscarse “una vez alcanzada la victoria sobre el enemigo de clase”, porque por ahora “no conviene dispersar las fuerzas”, con seguridad no conseguiremos y peor aún, no estaremos luchando ni por una ni por otra: ni por la revolución social ni por la liberación de las mujeres del yugo patriarcal y burgués.

La lucha de las mujeres por superar la opresión específica de que somos objeto, en tanto mujeres, además de la explotación que vivimos como obreras, campesinas, trabajadoras, etcétera, ha de comenzar de inmediato, No existen dos luchas “separadas”, una de las mujeres contra la opresión patriarcal y otra “social” contra la explotación y el Estado. O ambas se funden en un solo torrente subversivo y transformador o nos quedamos en medio de absurdas ilusiones.

En ese entonces pensábamos que las mujeres necesitábamos, casi siempre, dar “una lucha dentro de la lucha”: la lucha contra el padre y la familia que nos señala que “como somos mujeres”, nosotras no podemos ni debemos asistir a reuniones, ni intervenir en política, ni prepararnos para sostener nuestras propias posiciones, etcétera; la lucha contra el esposo y los hermanos que quieren conservar su miserable podercillo sobre nuestros cuerpos y nuestras voces, sobre nuestro trabajo y nuestras decisiones; la lucha contra los compañeros que muchas veces no nos toman en serio, que se burlan de nuestra opinión, que cuando hablamos no nos escuchan y no respetan nuestras propuestas…Las mujeres tenemos, entonces, que estar permanentemente luchando para asegurar en primer lugar nuestro derecho a luchar contra lo que se nos impone como presente y como obligado destino.

La otra idea central que resultaba de ahí era la importancia de conformar, en donde estuviéramos, organizaciones específicas de mujeres, que contribuyeran a impulsar y a afirmar la participación nuestra, en tanto mujeres, en la transformación de lo existente. Había entonces que comprometerse con las organizaciones específicas de mujeres, difundir sus experiencias y ligarnos a ellas.

Primero en México y luego ya en Bolivia, mantuvimos diversas actividades en esta dirección que nos permitieron conocer y participar en organizaciones de obreras, de colonas, de campesinas, de amas de casa, etcétera, aunque ahora considero que en todo esto nos faltó asumir de manera realmente integral nuestro “ser mujeres”.

¿A qué me refiero? En cuanto a mi experiencia personal en Bolivia tiene que ver, primero, con un caer frecuentemente en el vicio de creer que emprendíamos la lucha “convenciendo” a los varones de la justeza e impecable coherencia de nuestros argumentos.

En segundo lugar, como derivación de lo primero, transigiendo en más oportunidades de las que debíamos, con acciones y actitudes provenientes del más reaccionario conservadurismo machista. No asumiendo, pues, que la opresión patriarcal se filtra por los mil vasos capilares de la socialidad y se ejerce en todo lo cotidiano, desde la cama hasta la alimentación, desde la educación hasta las reuniones políticas, exigiéndonos la subversión en todos los aspectos de la forma de vida, de convivencia y de trabajo.

Al transigir con acciones de opresión y al tomar con importancia desmedida a los compañeros varones como interlocutores, aun sin quererlo caímos en el viejo vicio de las organizaciones revolucionarias, desde la social democracia alemana de fines del siglo XIX y el partido bolchevique de la primera época hasta el conjunto de organizaciones políticas latinoamericanas de las últimas décadas: el que la “cuestión de la mujer” se consideraba como un añadido que a modo de “complementación” se colocaba en el programa o los documentos básicos.

Caíamos en la misma dicotomía que en términos discursivos sometimos a crítica: la subversión–revolucionarización de las formas patriarcal-burguesas de dominación no eran una y la misma cosa que la revolución social y la lucha por ella, sino que era, más bien, “algo” que por ahí existía y a lo que se daba mayor o menor importancia según la ocasión.

En nuestra organización, por ejemplo, los hermanos aymaras compartían con el resto de los militantes sus costumbres, sus tradiciones y prácticas, enseñándonos fraternalmente el modo como ven el mundo y al mismo tiempo exigiendo respeto a todo aquello que conforma y delinea su identidad. Se daba de modo muy natural una convivencia intensa aunque diferenciada entre quienes éramos de la ciudad, quienes provenían de las minas o quienes habían nacido en los ayllus del Altiplano.

Podíamos hacer bromas, o en ocasiones discutir acaloradamente sobre nuestras diferencias y coincidencias, pero no se transigía con ninguna actitud irrespetuosa, racista o agresiva. No sucedía lo mismo con las mujeres. En realidad con las compañeras, es decir con las militantes de la organización , efectivamente se daba y se exigía respeto, no se aceptaba ningún tipo de discriminación ni en las tareas, ni en las responsabilidades, ni en la toma de decisiones.

Pero esto no sucedía con la relación que cada compañero entablaba con su esposa o pareja, o con su hija, sobre todo si la mujer no era militante. Habían compañeros que maltrataban a su compañera, que le impedían asistir a reuniones, que no la impulsaban ni compartían con ella ni sus aspiraciones revolucionarias ni sus logros ¡Y con eso sí transigíamos!

Aceptábamos, pues, la hipócrita división entre lo privado y lo público, en este caso haciendo un corte entre lo “orgánico” y la vida privada. Si un compañero era “buen militante” en lo que hacía a las tareas y responsabilidades de la organización, su vida familiar –privada– podía ser una desgracia, pero eso no era relevante, a lo más algunas actitudes las soportábamos con incomodidad, pero no las combatíamos con la fuerza de la convicción que da el compromiso con la no-opresión.

De hecho, sólo si el problema familiar era realmente muy grave, tímidamente y sintiendo enorme confusión, recomendábamos la modificación de determinadas conductas, como si “eso”, el comportamiento respetuoso integral ¡y la autonomía de las mujeres, sobre todo!, no fuera esencialmente una cuestión política.

¿Cómo, pues, podíamos pensarnos aspirando a transformarlo todo, si consentíamos la permanencia de ámbitos de la vida que dejábamos intactos?, ¿cómo no ver en cada acción opresiva contra las mujeres, un acto profundamente conservador y reaccionario?, ¿hubiéramos sido así de complacientes frente a una actitud racista o abiertamente discriminatoria o irrespetuosa frente a los aymaras, por ejemplo? En primera, ellos no la hubieran tolerado, pero nadie siquiera la consideraba posible en nuestro interior. ¿Por qué con lo “privado” relativo a la mujer, se condescendía?

Marchábamos, sin duda, sobre una contradicción pretendiendo no tomar partido y ver desde lejos el problema. Cuando, en realidad, no hay solución posible: o se impugna la opresión femenina o se es cómplice –cuando menos pasivo– de ella. Resulta tan fácil ser tolerante y cómplice porque la opresión de las mujeres es tan “natural”, tan abominablemente inmediata, conocida e histórica, que ignorarla por lo general nos resulta aceptable.

Entonces, es necesario mucho más que un compromiso teórico o político “formal”, con este ámbito de la revolucionarización de lo existente. Se necesita asumir la identidad propia, el ser mujer de manera integral, que no es fácil, pues es una identidad tan insistentemente negada, pero a la vez tan esencial e íntima, que muchas veces nos produce miedo.

Miedo porque de entrada, al asumirnos ya no como segundo sexo, como alteridad, como identidad cercada y sometida, sino sencillamente como seres humanos mujeres que compartimos la “humanidad” de nuestro ser con los varones, pero que al mismo tiempo somos nosotras mismas y no “otros ellos”; al hacer esto, muchas veces creemos que nos separamos irremediablemente de nuestros compañeros, que nos escindimos de lo que por siglos ha sido la forma “normal” de vida. Forma “normal” patriarcal y opresiva en la que jamás hemos sido vistas, ni nosotras mismas nos hemos asumido, como aliadas sino como vasallas.

Cada experiencia particular tiene sus riquezas y sus dolores; asumirnos como mujeres y como tales, protagonistas de una lucha revolucionaria propia para construir una humanidad distinta, sin explotación ni opresión, es algo imprescindible si hemos en verdad de revolucionarlo todo.

En términos políticos, algo que he aprendido ya en prisión de una entrañable relación con feministas libertarias militantes es que, además de apuntalar las organizaciones específicas de mujeres, donde nos encontremos entre nosotras y podamos discutir, donde hablemos sin temor y logremos fuerza común para subvertir la opresión y el presente impuesto, tenemos que construir autonomía.

Organizaciones específicas de mujeres ¡sí!, pero también autónomas, no dependientes ni del Estado, ni del partido, ni de las organizaciones “mixtas”, ni de alguna “madrina-madrastra” de turno. Autonomía porque tenemos una lucha nuestra, propia, a fondo que dar y ahí no hay ninguna supeditación aceptable que no sea, a la larga, conservadora.

Pienso, por ejemplo, en las experiencias que existen abundantemente en Bolivia de luchas sociales en las que al contingente de mujeres reunidas en una organización específica –los Comités de amas de casa mineras, por ejemplo–, se le considera como una especie de “grupo de apoyo” que viene a contribuir en los momentos decisivos al fortalecimiento de la lucha de los mineros.

De este modo, si bien hay algunas actividades a desarrollar específicamente por las mujeres, hay discusiones que dar y problemas que resolver, los momentos decisivos y de máxima tensión quedan definidos como “colaboración a la lucha de los mineros” y, por supuesto, las decisiones y la conducción de los acontecimientos la hace quien está luchando para sí y no quien está “colaborando”. ¿No existe una lucha, siguiendo con el ejemplo, íntima y colectiva que se les plantea a las mujeres de las minas por transformar el orden de cosas imperante?, ¿no existe acaso una aspiración de esas mujeres a y por construir una socialidad diferente?, ¿esta aspiración no enlaza íntimamente la transformación de las condiciones de vida impuestas por la explotación del trabajo y la búsqueda empresarial de ganancia, con la revolucionarización de su situación en la familia, frente a la cotidianidad insoportable y opresiva que padecen?, ¿no son ambos aspectos sólo caras de una y la misma lucha?

Si esto es así, aquí y en todos los otros terrenos sociales, entonces la autonomía es imprescindible, pues las mujeres sólo reunidas y autónomamente decidiendo el curso de nuestras acciones y luchas podemos volvernos subversivas. Más aún, sólo así podremos, a la larga, entablar relaciones de igualdad y confluir en luchas realmente comunes con los varones, que ya no sean las heroicas gestas de unos apoyados por otras.

De su libro: ¡A desordenar! Por una historia abierta de la lucha social, Segunda Edición. CEAM y Tinta Limón Ediciones, Casa Juan Pablos y Centro de Estudios Andinos y Mesoamericanos. México, 2006. (Transcrito por Mujeres y la Sexta)