Poemas de ROSARIO CASTELLANOS


Selección de poemas de Rosario Castellanos


Ajedrez

 

Porque éramos amigos y, a ratos, nos amábamos;

quizá para añadir otro interés

a los muchos que ya nos obligaban

decidimos jugar juegos de inteligencia.

 

Pusimos un tablero enfrente de nosotros:

equitativo en piezas, en valores,

en posibilidad de movimientos.

 

Aprendimos las reglas, les juramos respeto

y empezó la partida.

 

Henos aquí hace un siglo, sentados, meditando

Encarnizadamente

cómo dar el zarpazo último que aniquile

de modo inapelable y, para siempre, al otro.

 

 

 

Amanecer

 

¿Qué se hace a la hora de morir? ¿Se vuelve la cara a la pared?

¿Se agarra por los hombros al que está cerca y oye?

¿Se echa uno a correr, como el que tiene

las ropas incendiadas, para alcanzar el fin?

 

¿Cuál es el rito de esta ceremonia?

¿Quién vela la agonía? ¿Quién estira la sábana?

¿Quién aparta el espejo sin empañar?

 

Porque a esta hora ya no hay madre y deudos.

Ya no hay sollozo. Nada, más que un silencio atroz.

 

Todos son una faz atenta, incrédula

de hombre de la otra orilla.

 

Porque lo que sucede no es verdad.

 

 

 

Apelación al solitario

 

Es necesario, a veces, encontrar compañía.

 

Amigo, no es posible ni nacer ni morir

sino con otro. Es bueno

que la amistad le quite

al trabajo esa cara de castigo

y a la alegría ese aire ilícito de robo.

 

¿Cómo podrás estar solo a la hora

completa, en que las cosas y tú hablan y hablan,

hasta el amanecer?

 

 

 

Canción

 

Tal vez cuando nací alguien puso en mi cuna

una rama de mirto y se secó.

Tal vez eso fue todo lo que tuve

en la vida, de amor.

 

Porque después (oh, rostro traicionado

por la memoria, nudo deshecho en el adiós)

nada sino el cilicio de aquella nervadura

me exprimió el corazón.

 

 

 

Canción de cuna

 

¿Es grande el mundo? -Es grande. Del tamaño del miedo.

¿Es largo el tiempo? -Es largo. Largo como el olvido.

¿Es profunda la mar? -Pregúntaselo al náufrago.

 

(El Tentador sonríe. Me acaricia el cabello

y me dice que duerma.)

 

 

 

Canción del tentador

 

Habitación de duendes

barre tu casa;

deja ya de gemir porque no tienes

un manojo de espigas en la falda.

 

Borra de esas paredes

calaveras pintadas,

cesa de pisotear racimos secos,

lleva tus pies a la piadosa grama.

 

Hurgas en ti y encuentras

alacenas saqueadas

y en el hogar un copo de ceniza

y un haz de leña verde y hogueras apagadas.

 

Abre tu puerta y oye:

alguien tiende los brazos y te llama.

Es el mundo que pide su rescate

como Moisés perdido entre las aguas.

 

 

Charla

 

…porque la realidad es reducible

a los últimos signos

y se pronuncia en sólo una palabra…

 

Sonríe el otro y bebe de su vaso.

Mira pasar las nubes altas del mediodía

y se siente asediado (bugambilia, jazmín,

rosal, dalias, geranios,

flores que en cada pétalo van diciendo una sílaba

de color y fragancia)

por un jardín de idioma inagotable.

 

 

Desamor

 

Me vio como se mira al través de un cristal

o del aire

o de nada.

 

Y entonces supe: yo no estaba allí

ni en ninguna otra parte

ni había estado nunca ni estaría.

 

Y fui como el que muere en la epidemia,

sin identificar, y es arrojado

a la fosa común.

 

 

Destino

 

Matamos lo que amamos. Lo demás

no ha estado vivo nunca.

Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere

un olvido, una ausencia, a veces menos.

Matamos lo que amamos. ¡Que cese ya esta asfixia

de respirar con un pulmón ajeno!

El aire no es bastante

para los dos. Y no basta la tierra

para los cuerpos juntos

y la ración de la esperanza es poca

y el dolor no se puede compartir.

 

El hombre es animal de soledades,

ciervo con una flecha en el ijar

que huye y se desangra.

 

Ah, pero el odio, su fijeza insomne

de pupilas de vidrio; su actitud

que es a la vez reposo y amenaza.

 

El ciervo va a beber y en el agua aparece

el reflejo de un tigre.

El ciervo bebe el agua y la imagen. Se vuelve

-antes que lo devoren- (cómplice, fascinado)

igual a su enemigo.

 

Damos la vida sólo a lo que odiamos.

 

 

 

 

Dos elegías breves

                        I

 

Al pie de un sauce, triste Narciso de las aguas,

o cerca de una roca inexorable

quiero dejar mi cuerpo

como el que deja ropas en la playa.

Ay, mis brazos, guirnaldas desceñidas,

ay, mi cintura quieta entre las danzas.

 

No soy de los que exprimen

su corazón en un lugar violento.

Soy de los que atestiguan

la belleza y la muerte de la rosa.

 

                        II

 

Si pudiera mirarte, bella tan sólo, rosa,

y detener mis ojos largamente en tus pétalos

como una sed que duerme a la orilla de un río.

 

Si te mirara sólo, sin amarte,

con este amor convulso y desgarrado

de quien siente tu fuga irrevocable.

 

Ah, si yo no quisiera disecarte,

amarilla, en las páginas herméticas de un libro

con el afán inútil del que conoce el tiempo.

 

 

 

Dos meditaciones

                        I

 

Considera, alma mía, esta textura

áspera al tacto, a la que llaman vida.

Repara en tantos hilos tan sabiamente unidos

y en el color, sombrío pero noble,

firme, y donde ha esparcido su resplandor el rojo.

 

Piensa en la tejedora; en su paciencia

para recomenzar

una tarea siempre inacabada.

 

Y odia después, si puedes.

 

                        II

 

Hombrecito, ¿qué quieres hacer con tu cabeza?

¿Atar al mundo, al loco, loco y furioso mundo?

¿Castrar al potro Dios?

 

Pero Dios rompe el freno y continúa engendrando

magníficas criaturas,

seres salvajes cuyos alaridos

rompen esta campana de cristal.

 

 

 

 

Dos poemas

                        1

 

Aquí vine a saberlo. Después de andar golpeándome

como agua entre las piedras y de alzar roncos gritos

de agua que cae despedazada y rota

he venido a quedarme aquí ya sin lamento.

Hablo no por la boca de mis heridas. Hablo

con mis primeros labios. Las palabras

ya no se disuelven corno hiel en la lengua.

Vine a saberlo aquí: el amor no es la hoguera

para arrojar en ella nuestros días

a que ardan como leños resecos u hojarasca.

Mientras escribo escucho

cómo crepita en mí la última chispa

de un extinguido infierno.

Ya no tengo más fuego que el de esta ciega lámpara

que camina tanteando, pegada a la pared

y tiembla a la amenaza del aire más ligero.

Si muriera esta noche

sería sólo como abrir la mano,

como cuando los niños la abren ante su madre

para mostrarla limpia, limpia de tan vacía.

Nada me llevo. Tuve sólo un hueco

que no se colmó nunca. Tuve arena

resbalando en mis dedos. Tuve un gesto

crispado y tenso. Todo lo he perdido.

Todo se queda aquí: la tierra, las pezuñas

que la huellan, los belfos que la triscan,

los pájaros llamándose de una enramada a otra,

ese cielo quebrado que es el mar, las gaviotas

con sus alas en viaje,

las cartas que volaban también y que murieron

estranguladas con listones viejos.

Todo se queda aquí: he venido a saber

que no era mío nada: ni el trigo, ni la estrella,

ni su voz, ni su cuerpo, ni mi cuerpo.

Que mi cuerpo era un árbol y el dueño de los árboles

no es su sombra, es el viento.

 

 

                        2

 

En mi casa, colmena donde la única abeja

volando es el silencio,

la soledad ocupa los sillones

y revuelve las sábanas del lecho

y abre el libro en la página

donde está escrito el nombre de mi duelo.

La soledad me pide, para saciarse, lágrimas

y me espera en el fondo de todos los espejos

y cierra con cuidado las ventanas

para que no entre el cielo.

Soledad, mi enemiga. Se levanta

como una espada a herirme, como soga

a ceñir mi garganta.

Yo no soy la que toma

en su inocencia el agua;

no soy la que amanece con las nubes

ni la hiedra subiendo por las bardas.

Estoy sola: rodeada de paredes

y puertas clausuradas;

sola para partir el pan sobre la mesa,

sola en la hora de encender las lámparas,

sola para decir la oración de la noche

y para recibir la visita del diablo.

A veces mi enemiga se abalanza

con los puños cerrados

y pregunta y pregunta hasta quedarse ronca

y me ata con los garfios de un obstinado diálogo.

Yo callaré algún día; pero antes habré dicho

que el hombre que camina por la calle es mi hermano,

que estoy en donde está

la mujer de atributos vegetales.

Nadie, con mi enemiga, me condene

como a una isla inerte entre los mares.

Nadie mienta diciendo que no luché contra ella

hasta la última gota de mi sangre.

Más allá de mi piel y más adentro

de mis huesos, he amado.

Más allá de mi boca y sus palabras,

del nudo de mi sexo atormentado.

Yo no voy a morir de enfermedad

ni de vejez, de angustia o de cansancio.

Voy a morir de amor, voy a entregarme

al más hondo regazo.

Yo no tendré vergüenza de estas manos vacías

ni de esta celda hermética que se llama Rosario.

En los labios del viento he de llamarme

árbol de muchos pájaros.

 

 

Economía doméstica

 

He aquí la regla de oro, el secreto del orden:

Tener un sitio para cada cosa

y tener

cada cosa en su sitio. Así arreglé mi casa.

Impecable anaquel el de los libros:

Un apartado para las novelas,

otro para el ensayo

y la poesía en todo lo demás.

 

Si abres una alacena huele a espliego

y no confundirás los manteles de lino

con los que se usan cotidianamente.

Y hay también la vajilla de la gran ocasión

y la otra que se usa, se rompe, se repone

y nunca está completa.

La ropa en su cajón correspondiente.

 

Y los muebles guardando las distancias

y la composición que los hace armoniosos.

Naturalmente que la superficie

(de lo que sea) está pulida y limpia.

 

Y es también natural

Que el polvo no se esconda en los rincones.

Pero hay algunas cosas

que provisionalmente coloqué aquí y allá

o que eché en el lugar de los trebejos.

Algunas cosas. Por ejemplo, un llanto

que no se lloró nunca;

una nostalgia de que me distraje,

un dolor, un dolor del que se borró el nombre,

un juramento no cumplido, un ansia.

 

Que se desvaneció como el perfume

de un frasco mal cerrado

y retazos de tiempo perdido en cualquier parte.

Esto me desazona. Siempre digo: mañana…

y luego olvido. Y muestro a las visitas,

orgullosa, una sala en la que resplandece

la regla de oro que me dio mi madre.

 

 

El despojo

 

Me arrebataron la razón del mundo

y me dijeron: gasta tus años componiendo

este rompecabezas sin sentido.

 

No hay más. Un acto es una estatua rota.

Una palabra es sólo

la imagen deformada en un espejo.

 

¿Qué vas a amar? ¿Un cuerpo que se pudre

-ese pantano lento en que te ahogas-

o un alma que no existe?

 

¿Qué puedes esperar? El tiempo es lo continuo

y si dices “mañana” mientes, pues dices “hoy”.

 

Ni siquiera se muere. Algo muy leve cambia

y sigues, dura, en piedra; creciendo en vegetal

y otra vez despertando en lo que eras.

 

Otra vez. Otra vez.

 

Me dijeron: no busques. Nada se te ha perdido.

 

Y los vi desde lejos

ocultar lo que roban y reír.

 

 

 

 

Elegía

 

Nunca, como a tu lado, fui de piedra.

 

Y yo que me soñaba nube, agua,

aire sobre la hoja,

fuego de mil cambiantes llamaradas,

sólo supe yacer,

pesar, que es lo que sabe hacer la piedra

alrededor del cuello del ahogado.

 

 

 

El eterno femenino

 

Voy a ponerme a cantar

el muy famoso corrido

de un asunto que se llama

el eterno femenino,

y del que escriben los sabios

en libros y pergaminos.

 

La Biblia dice que Dios

cometió un gran desatino

cuando al hombre formó

con lodo medio podrido

y sin ninguna experiencia

le salió como ha salido

 

Un día que estaba durmiendo

en los prados del edén

Dios le quitó una costilla

para hacer a la mujer;

como ya le sabía el modo

resultó a todo meter.

 

Adán y Eva, desnudos,

iban de aquí para allá,

dándole nombre a las cosas,

que era misión principal:

“esta se llama jirafa

y aquel se llama alacrán.

 

Mientras Adán bautizaba

la pobre Eva se aburría

y fue a apoyarse a un árbol

donde una serpiente había

que le dijo:-gustas una?

y le dio manzana fina.

 

“Si la comes, averiguas

lo que va del bien al mal,

lo que debe preferir

lo que debe rechazar,

y la tomada de pelo

que te están queriendo dar”

 

Ni tarda ni perezosa

Eva la fruta mordió,

y al momento en su cabeza

un foquito se prendió;

y bajo esta nueva luz

el Paraíso contempló.

 

Con un poco de trabajo

esto podría mejorar;

construirnos una casita,

la comida cocinar,

quitar ese letrero

que nos prohíbe probar.

 

Pero Adán era muy flojo

y no la quiso ayudar;

porque además tenia miedo

del castigo de Jehová

que lo tenía amenazado

con lanzamiento ilegal.

 

Adán no entiende argumentos

no hay que discutir con el.

no nació para mandar

nació para obedecer.

No comerá manzana

si no le hago un pastel.

 

Te voy a dar la receta,

dijo a Eva la serpiente,

y también otros secretos

para seducir imbéciles

y para ganar amigos

e influir sobre la gente.

 

Por fin, como ustedes saben,

ocurrió lo que ocurrió,

y un arcángel con espada

del Paraíso arrojó

a Eva y Adán, desnudos,

como maldición de Dios.

 

Y desde entonces, señores,

no hubo mas que trabajar,

poblar de hombres el mundo

y si se acaba, empezar

llevando muy bien la cuenta

de lo que se hizo y se hará.

 

Adán marchaba llorando,

y mirando para atrás

un paraíso perdido

que no va a recuperar,

y Eva pensaba en la historia

que acababa de empezar.

 

Señores, pido perdón

y con esta me despido.

La serpiente va enredada

en los versos del corrido

en que se cuenta la hazaña

del eterno femenino.

 

                        II

 

Voy a ponerme a cantar

el muy famoso corrido

de un asunto que se llama

el eterno femenino,

y del que escriben los sabios

en libros y pergaminos.

 

Unos dicen que perdió

a la humanidad entera

por comer una manzana

que los dioses le prohibieran

porque fue desde el principio

desobediente y rejega.

 

Por eso nacen sus hijos

entre gran pena y dolor;

y por eso no debe de entrar

al santuario del Señor,

ni a la cátedra del maestro

ni al taller del obrador.

 

Vuela, vuela palomita,

y salúdame al pasar

a Eva y a la Malinche,

a Sor Juana, a la Xtabay,

y a la Guadalupanita

si vas por el Tepeyac.

 

Porque me voy despidiendo

y no quisiera olvidar

a ninguna, aunque bien sé

que en un corrido vulgar

ni están todas las que son

ni son todas la que están.

 

 

 

La despedida

 

Déjame hablar, mordaza, una palabra

para decir adiós a lo que amo.

Huye la tierra, vuela como un pájaro.

Su fuga traza estelas redondas en el aire,

frescas huellas de aromas y señales de trinos.

 

Todo viaja en el viento, arrebatado.

 

¡Ay, quién fuera un pañuelo,

sólo un pañuelo blanco!

 

 

La nostalgia

 

Si te digo que fui feliz, no es cierto.

 

No creas lo que yo creo cuando me engaño.

 

El recuerdo embellece lo que toca:

te quita la jaqueca que tuviste,

el sopor de la siesta lo transfigura en éxtasis

y, en cuanto a ese zapato que apretaba

tanto que te impidió bailar el primer baile,

no hubo zapato. Mira: estás descalza, danzas

eternamente ingrávida en el círculo

cerrado de un abrazo.

 

Danzas sin esa doble barbilla de tu gula,

sin esa arruga artera

que está acechando alrededor de tu ojo.

 

 

La profecía

 

Cuando nos lo anunciaron los que velan de noche,

los que llevan el mar ausente entre sus manos

en forma de sencillos caracoles,

temblamos de alegría, como bajo el rocío

el pétalo colmado de las flores.

 

Lo dijeron los sabios.

Muchas señales hubo, hasta que al fin

el termino del tiempo hubo llegado.

Y nosotros confusos, de rodillas,

presenciando.

 

Sobrevino el silencio.

El silencio que nace del agua que bullía

y de pronto se cuaja en un espejo.

 

Así nos serenamos. Nos hicimos

lo mismo que los lagos para mirar al cielo.

 

 

 

La promesa

 

Te lo voy a decir todo cuando muramos.

Te lo voy a contar, palabra por palabra,

al oído, llorando.

No será mi destino el del viento que llega

solo y desmemoriado.

 

 

Límite

 

Aquí, bajo esta rama, puedes hablar de amor.

 

Más allá es la ley, es la necesidad,

la pista de la fuerza, el coto del terror,

el feudo del castigo.

 

Más allá, no.

 

 

 

Lo cotidiano

 

Para el amor no hay cielo, amor, sólo este día;

este cabello triste que se cae

cuando te estás peinando ante el espejo.

Esos túneles largos

que se atraviesan con jadeo y asfixia;

las paredes sin ojos,

el hueco que resuena

de alguna voz oculta y sin sentido.

 

Para el amor no hay tregua, amor. La noche

no se vuelve, de pronto, respirable.

Y cuando un astro rompe sus cadenas

y lo ves zigzaguear, loco, y perderse,

no por ello la ley suelta sus garfios.

El encuentro es a locuras. En el beso se mezcla

el sabor de las lágrimas.

Y en el abrazo ciñes

el recuerdo de aquella orfandad, de aquella muerte.

 

 

Los adioses

 

Quisimos aprender la despedida

y rompimos la alianza

que juntaba al amigo con la amiga.

Y alzamos la distancia

entre las amistades divididas.

 

Para aprender a irnos, caminamos.

Fuimos dejando atrás las colinas, los valles,

los verdeantes prados.

Miramos su hermosura

pero no nos quedamos.

 

Llevamos nuestros pies

donde la soledad tiene su casa

y allí nos detuvimos para siempre.

En silencio aguardamos

hasta aprender la muerte.

 

 

 

Meditación en el Umbral

 

No, no es la solución

tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy

ni apurar el arsénico de Madame Bovary

ni aguardar en los páramos de Ávila la visita

del ángel con venablo

antes de liarse el manto a la cabeza

y comenzar a actuar.

 

Ni concluir las leyes geométricas, contando

las vigas de la celda de castigo

como lo hizo Sor Juana. No es la solución

escribir, mientras llegan las visitas,

en la sala de estar de la familia Austen

ni encerrarse en el ático

de alguna residencia de la Nueva Inglaterra

y soñar, con la Biblia de los Dickinson,

debajo de una almohada de soltera.

 

Debe haber otro modo que no se llame Safo

ni Mesalina ni María Egipciaca

ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

 

Otro modo de ser humano y libre.

 

Otro modo de ser.

 

 

Nostalgia

 

Ahora estoy de regreso.

Llevé lo que la ola, para romperse, lleva

-sal, espuma y estruendo-,

y toqué con mis manos una criatura viva;

el silencio.

 

Heme aquí suspirando

como el que ama y se acuerda y está lejos.

 

 

 

Piedra

 

La piedra no se mueve.

En su lugar exacto

permanece.

Su fealdad está allí, en medio del camino,

donde todos tropiecen

y es, como el corazón que no se entrega,

volumen de la muerte.

 

Sólo el que ve se goza con el orden

que la piedra sostiene.

Sólo en el ojo puro del que ve

su ser se justifica y resplandece.

Sólo la boca del que ve la alaba.

 

Ella no entiende nada. Y obedece.

 

 

 

Retorno

 

Has muerto tantas veces; nos hemos despedido

en cada muelle,

en cada andén de los desgarramientos,

amor mío, y regresas

con otra faz de flor recién abierta

que no te reconozco hasta que palpo

dentro de mí la antigua cicatriz

en la que deletreo arduamente tu nombre.

 

 

 

Revelación

 

Lo supe de repente:

hay otro.

Y desde entonces duermo sólo a medias

y ya casi no como.

 

No es posible vivir

con este rostro

que es el mío verdadero

y que aún no conozco.

 

 

Ser río sin peces

 

Ser de río sin peces, esto he sido.

Y revestida voy de espuma y hielo.

Ahogado y roto llevo todo el cielo

y el árbol se me entrega malherido.

 

A dos orillas del dolor uncido

va mi caudal a un mar de desconsuelo.

La garza de su estero es alto vuelo

y adiós y breve sol desvanecido.

 

Para morir sin canto, ciego, avanza

mordido de vacío y de añoranza.

Ay, pero a veces hondo y sosegado

se detiene bajo una sombra pura.

Se detiene y recibe la hermosura

con un leve temblor maravillado.

 

 

Una palmera

 

Señora de los vientos,

garza de la llanura,

cuando te meces canta

tu cintura.

 

Gesto de la oración

o preludio del vuelo,

en tu copa se vierten uno a uno

los cielos.

 

Desde el país oscuro de los hombres

he venido, a mirarte, de rodillas.

Alta, desnuda, única.

Poesía.

 

~ por mujeresylasextaorg en febrero 22, 2008.

 
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